No hace mucho conocí a una persona que me sorprendió lanzándome un
juicio que me dejó bastante parado. Relataré la historia para que
tú que lees esto, más allá de emitir un juicio u opinión,
contemples a través de mis ojos el mundo en el que vivimos y como se
entraman las relaciones personales dentro de nuestra realidad social.
Me desperté después de tener este sueño:
“Salía a tocar el bajo a un escenario con unos amigos, al salir a
escena me daba cuenta de que me faltaba la cuerda “MI” que viene
a ser la cuerda más gruesa del instrumento. A parte del estrés que
me suponía tener que encontrar la notación y la melodía sin dicha
cuerda me invadió una sensación de desasosiego importante.”
Así que al despertarme me sentía triste y tras realizar las
actividades cotidianas tomé el tren hacia el trabajo. Como
terapeuta, en el trayecto, estuve indagando lo que me decía el sueño
de mí. Hay sueños que enmascaran muy bien el contenido, por contra
este sueño era especialmente claro y significativo. No tuve que
darle muchas vueltas, con lo obvio del sueño y lo simbólico era
suficiente. “A mis herramientas de expresión, a mi yo, le falta lo
que a MI me pasa”.
Así que seguí con la tristeza tomando conciencia una vez más del
mundo en el que vivo y de lo aislados y separados que estamos los
unos de los otros. Consciente de mi propia dificultad en aquel
momento para expresar lo que me pasaba. Al llegar a la puerta del
trabajo se hallaban tres compañeros del trabajo, para ser más
exactos dos chicas y un chico. Todos trabajamos en aquel momento en
infancia. Se desarrolló esta conversación:
Otros - Hola. Buenos días.
Yo - Buenos días.
Otros - ¿Como estás?
Yo - Pues he tenido un sueño en el que le faltaba la cuerda MI a mi
bajo y estoy triste.
Otros - ….........
Al cabo de unos días una de las compañeras presentes me soltó el
juicio al que me refiero al principio de esta entrada. La cosa fue
más o menos así:
Ella - Tú no sabes relacionarte con la gente.
Yo - ¿¿¿??? ¿Me puedes poner un ejemplo de eso que me acabas de
decir?
Ella - Pues el otro día en el bar dijiste que estabas triste y
hablaste de tu sueño. Y todo el mundo se quedó callado.
Yo - Se me preguntó como estaba o que tal y contesté la verdad.
¿Que tiene eso de malo? ¿Que tiene de malo contestar lo que a mi
me pasa en ese momento?
Ella - ¿Que esperabas que te dijéramos?
Yo - En realidad nada. Solo expresé lo que me pasaba.
No tardé en darme cuenta que lo que en mi sueño se ponía de
manifiesto era una realidad social que durante años siempre me había
llamado la atención y me había hecho sentir como un extraño entre
la multitud.
La gente no habla de si misma con normalidad: los sentimientos, las
emociones, los pensamientos... no se comparten, mucho menos los que
son tabú o vergonzantes en nuestra sociedad o, por decirlo de otra
manera: aquellos que son mal vistos o que nos sitúan en una posición
aparentemente vulnerable ante los demás.
Más allá de seguir girando alrededor de mi propio ombligo asumí
que la paradoja que me presentaba mi sueño no era solo un tema
individual mio, era un problema de carácter social. Esto definía
una vez más la necesaria función de la terapia y de la necesidad
de extrapolar al mundo lo que se da en terapia.
Hablé con más de una persona y de un colega sobre este asunto y la
mejor respuesta me la dio un colega: “Si expresas algo que la gente
no gestiona bien en si mismo tiende a removerlos, hace que vean su
propia relación con la tristeza y quizá es algo que no quieran ver”
Es verdad. No pude negarme ante tal afirmación. Esto me llevó a
plantearme el escribir estas lineas y las que siguen.
Las conclusiones
Más acá de las formas y convenciones sociales existe el mundo de lo
interno y de cómo vivimos las cosas, lo que nos pasa. Hablo del
mundo de las sensaciones y de las autopercepciones, el como nos
percibimos como seres sensibles a nuestro medio y a nosotros mismos,
hablo de lo que nos enaltece y nos capacita como seres humanos, hablo
o más bien escribo sobre la conciencia de nosotros mismos.
En nuestra capacidad de gozo, de disfrute y hedonismo parece que los
occidentales hemos arrinconado aquellos sentimientos reales y
genuinos y las emociones que los acompañan en un lugar de privacidad
y aislamiento.
Parece que hay una serie de admoniciones que predominan y que son
acompañadas del “a vivir que son dos días” que guarda un
tenebroso mensaje de fondo “Nadie te va a querer si estas triste”,
“A nadie le importa tu tristeza”, “No es bueno estar triste”.
Parece que, según lo que me dicen el individuo realmente adaptado es
aquel que oculta sus sentimientos y que la expresión de los mismos,
ya sea verbal o emocional, es una forma de relación social
disfuncional.
Así pues parece que:
“La libre expresión de un sentimiento y el estar en contacto
con uno mismo y con lo que le pasa no es socialmente aceptable”
Recordando aún más la conversación esta el comentario añadido
¿Que esperabas que te dijéramos?, como si en todo la intención
fuera manipular a los demás más allá de contestar a la pregunta
“¿Como estas?”. No niego que en realidad quizá un abrazo, una
caricia o un apretón en el hombro me hubieran sentado de perlas
aunque el sueño en sí solo me situaba en la necesidad de
auto-expresión, me situaba en la necesidad no solo de estar en
contacto conmigo mismo sino de expresarlo, de compartir lo que me
pasaba con los demás.
Parece ser, entonces, que lo socialmente aceptable es relegar el
mundo interior a las sombras, a no sacar aquello que nos pasa a la
luz, a dejar que aspectos de nuestra personalidad y sucesos que nos
afectan existencialmente se pudran en el subterráneo de lo
inconsciente y de la inexpresividad. Parece que el hecho de ir por la
vida con una sonrisa nos da más validez que mostrar nuestras
lágrimas, nuestro dolor o nuestra tristeza.
Me entristece en cierto modo pensar que realmente hay algún
beneficio en aislarse detrás de una proyección social y una
apariencia, del todo o parcialmente, irreal.
Me entristece porque lo que me dijo el mundo en esta ocasión, como
en otras, es que parece que como individuos sociales condenamos
nuestra totalidad del momento inmediato y de nuestra comunicación
real respecto a nosotros mismos en beneficio de la compostura y la
gloria de un “yo” (un yo en realidad sometido) que se cuida muy
mucho de gustar a los demás y de no mostrar ninguna brecha.
Este yo sometido, tan desarrollado en nuestras sociedades, parece
querer controlar una puerta al reconocimiento de la pequeñez, la
desnudez y de la insignificancia humana. Siendo, estas tres facetas,
caminos que nos llevan como seres humanos, en realidad, hacia la
fuente de la virtud, de un poder más elevado y divino que subyace en
nosotros mismos y que nos aleja de los ideales, nos hace conscientes
de nuestras imperfecciones, de nuestros vicios, nuestra falsedad,
nuestro autómata, nuestra máscara y que nos orienta de alguna forma
a la aceptación de las cosas tal como son. De alguna forma u otra el
dolor, la tristeza y la conciencia de finitud, paradójicamente, nos
acercan mucho más al cielo que a la tierra.
Vamos cerrando
Aparentemente nada, pero permitidme una pequeña muestra de la
aceptación de mi propia locura. Algunas veces quiero decir o
escribir sobre algo y me sale lo que me sale. Puedo dar vueltas y
divagar y mis palabras pueden acabar en un lugar donde posiblemente
no hay significado ni relación alguna entre lo que anuncio y lo que
escribo. Mis disculpas, no lo hago a propósito.
Soy tan complejo como para divagar y ser indirecto, soy tan sencillo
y tan directo como para expresar lo que me pasa con los resultados ya
arriba mencionados.
He aceptado también que no todo el mundo me va a comprender, sea en
la vertiente que sea de mi personalidad.
Siento que a medida que
pierdo la esperanza en ser comprendido aumenta la capacidad de
comprensión de las personas a las que realmente les importo.
Siento, también respecto al escrito, que a medida que me doy cuenta
del descuadre que tengo respecto al mundo me voy poco a poco
comprendiendo más a mi mismo y en consecuencia a los demás... y ese
quizá es uno de los mayores regalos que uno se puede hacer.
Como me dijo hace poco mi sobrina mayor:
¿Te das cuenta de que muchas veces hablas como con acertijos?
A lo que contesté, que si, que era verdad... ¿o igual admití, sin
más la posibilidad?
Así que os dejaré a vosotros y a vosotras mismas encontrar relación
alguna entre lo escrito y lo anunciado. Es posible que en el proceso
os encontréis a vosotros mismos.
Un fuerte abrazo.


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