No es
poco frecuente en muchas personas que se hayan encontrado en
situaciones en las que topan con otras personas que les despiertan la
chispa del amor y de la entrega. Lo interesante aquí es mirar
aquello que se refiere a cuál es la actitud del otro ante una
actitud de amor y entrega amorosa que se busca y no se espera.
Cuando
se desata cierta pasión y cierta intensidad que se da de forma
espontánea y natural de alguna forma u otra abrimos nuestra
intimidad al otro y se abre en ese sentido una brecha en la cual
surge la vulnerabilidad, es decir, recíprocamente se llega a una
situación ante la que somos, de alguna forma u otra, conscientes de
nuestra vulnerabilidad y nos podemos sentir lo suficientemente
fuertes, embelesados, dichosos y confiados como para abrirnos al otro
desde ahí. Abrirse desde la vulnerabilidad es de alguna forma u otra
postrarse ante otro y expresarle cosas como:
-
Mira, esta es mi herida, confío en ti y te la muestro.
-
Mira, este es mi deseo, no tienes porqué satisfacerlo, te lo
expreso.
-
Mira, esta es mi carencia, esto forma parte de mí, es algo mío, lo
comparto.
-
Mira, esto que haces a mí me hace daño.
Y como
estas cuatro hay infinidad, tantas como personas conscientes de si
mismas de su pasado y de su presente.
Hay reacciones muy variopintas ante tal
acontecimiento y despliegue de verdad, y cuando hablo de verdad hablo
de quien se muestra desde su defecto, desde su carencia, desde el
reconocimiento de estar incompleto, desde
lo no satisfecho, a fin de cuentas desde lo que de alguna forma u
otra determina o hasta ese momento ha determinado su vida y sus
relaciones. Es un movimiento que surge del amor incondicional y
atraviesa de alguna forma u otra al “yo” condicionado de quien lo
emite para atravesar al “yo” condicionado del otro y llegar hasta
su amor incondicional. Ese es un momento importante, prácticamente
sagrado pues quien toma esa posición se dispone a una catarsis y
pone al otro en una disposición de catarsis. Como catarsis me
refiero a poder representar de nuevo la tragedia que originó nuestro
carácter y nuestra forma de percibir el mundo, aquello que nos marca
de por vida y que nos configura.
La
verdad en sí, nos puede doler, lo que no va a hacer es matarnos.
VEAMOS
UNAS POCAS REACCIONES
- Una
de las reacciones más interesantes que hay es la del rechazo a ese
movimiento con la justificación o el pretexto “Es que no quiero hacerte daño” que
normalmente surge más como reacción y respuesta automática que como una verdad interna del que
lo dice. Es una respuesta dañina y poco adecuada en varios sentidos.
- Otra
reacción es la fuga... flum! El otro desaparece y eso deja al emisor
con una terrible sensación de indignidad, vacío, soledad y
tristeza.
-Existe
otra que consiste en quedarse como sorprendido y preguntar ¿qué te
pasa?, la cual se parece mucho a la primera. A diferencia de que en
la primera existe por lo menos un atisbo de consciencia de lo que se
está hablando en esta hay una insensibilidad obvia.
- “No
queremos lo mismo” o “Nuestras necesidades no coinciden”. Aquí
lo que resulta curioso es que si no existe esa necesidad entre los
dos uno se puede lanzar la pregunta ¿Entonces qué hacemos en esta
situación? Si hemos llegado hasta aquí los dos ¿no es porque
queríamos ambos?
- Hay
otro tipo que es la del vampiro o vampira que se nutre de los juegos
previos y que antes de llegar a la consumación se retira. Solo le
interesa jugar para inflar su ego, no para sanar su herida.
A cada
quien que lea esto supongo que le abrirá algún recuerdo cuanto
menos doloroso, en otros sentirán culpa. Para mí las causas que
hacen que estás personas reaccionen de esta forma a las muestras de
afecto u amor me suscitan y despiertan interés, tanto como el hecho
de que haya personas que se queden en una espera melancólica o en
shock ante el sentirse rechazadas en lo más íntimo.
Casi todas las reacciones atrás expuestas son,
bajo mi punto de vista y bajo el punto de vista de algún otro
colega, reacciones fóbicas a la entrega amorosa y a un amor que roza
lo pueril, lo infantil, que al mismo tiempo muestra la capacidad de
retornar, aunque sea por un breve lapso de tiempo, a un momento vital
en el que se vive en la inocencia y en el amor incondicional.
También
esas reacciones dan a pensar que muchas personas hoy día van por la
vida queriendo mantener el control sobre lo que sienten cuando a lo
sumo lo único que pueden hacer es reprimirlo, como si pudieran
evitar así el volver a dañarse sin darse cuenta que el daño ya
está hecho y que esconder su herida les inhibe de sentir y percibir
la belleza y lo que la vida les pone ante sí y que les brinda una
nueva ocasión para sanar.
El
encuentro entre dos seres que abren su corazón el uno al otro, aun
siendo algo pequeño dentro de nuestras vidas, es de suma importancia
en nuestros días, en estos días de individualismo, materialismo,
cambios acelerados de valores, injusticia y carencia. El concepto del
amor restrictivo a la antigua usanza ya no es útil y la “libertad”
de elección que han ido estableciendo las modas y los cambios
sociales desde hace décadas tampoco parecen resolver nada en
concreto, por lo menos en lo que al momento actual se refiere.
Cada
vez que nos topamos con un rechazo de estas características en
nuestras vidas nos pone delante lo que tenemos irresuelto, pues lo
que en el fondo casi todo el mundo parece temer es aquello que sin
duda necesita y a lo que aspira en lo más profundo de su ser. De la
privación y la represión de la necesidad a satisfacer de amar y de
ser amado nace el anhelo sufriente de encontrar lo que perdimos,
alcanzar lo inalcanzable, buscar donde no hay y condenarse al
aislamiento que es el lado más lúgubre y oscuro de la soledad.

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