Últimamente he estado
repasando a Freud, sin obtener un excesivo placer y sí reconociendo
lo genuino de sus observaciones y “curas”.
Como Gestáltico una de
las cosas que aprendes desde el observador interno es a poder ver lo
inconsciente en lo fenomenológico. Algo que Perls criticaba del
Psicoanalisis de esta forma:
“No
necesito ir a picar piedra al inconsciente cuando todo lo que
necesito para una terapia lo tengo justo delante de mi”
Por la cuenta que me
trae nunca rechazo ningún método que me permita ayudar al cliente
en su percatarse dándole acceso a su inconsciente. Los métodos
probados por mi hasta el momento ya los he citado con anterioridad en
este blog, aunque no voy a dar muchos detalles los expondré más o
menos como linea de vida:
- Habiendo pasado por un buen chorro de especialistas en mi infancia y pubertad por el desajuste de la realidad en el que nací y crecí aprendí a mantener una actitud de rebeldía y reserva hacia el entorno que se estiró hasta la adolescencia. Es decir me mantenía distante y no reconocía en realidad el motivo de esa distancia con los demás. Me empecé a interesar por la libre asociación de ideas de forma natural.
- A mis veinte años aproximadamente recuerdo mantener una actitud de observancia, en cierto modo neutra, sobre las personas y situaciones de las que me rodeaba. El enfoque, sin yo saberlo entonces, era de corte fenomenológico y se basaba en la observación de la conducta, más en la ajena que en la propia, aunque en aquella época mi hipersensibilidad hacía que lo propio se sobredimensionaba tanto que no me hacia falta mirarlo. Por otra parte, mi curiosidad por aquello que causaba y sigue causando sufrimiento a escala local y global me llevó a leer ensayos sobre política y filosofía y a escribir sobre ella hasta que topé con un espacio propio que me descolocó, “si es el egoísmo humano, sobre todo en el apego a lo material el que genera tanto sufrimiento: Yo que soy tan poco materialista ¿En que soy tan egoísta? ¿Cual es mi punto ciego?”
- Una vez se acabo la adolescencia como norma social, a partir de los veinticinco años, y después de una dolorosa ruptura con la persona que había venido siendo mi compañera desde hacia seis años. La brecha que se abrió en mí me hizo acercarme, por un lado, a la gestalt por su enfoque confrontador y dionisíaco y, por el otro, a determinados enfoques del misticismo y el budismo.
- A los treinta años acabé mi formación como terapeuta e hice el retiro de Vipassana y rompí con otra relación que se había extendido durante otros seis años.
El motivo que he
comprendido que me generaba esa distancia con los demás y con el que
viví durante la adolescencia era que podía ver en los demás, entre
otras cosas, lo que los demás no querían ver de si mismos, algo que
apunta a lo inconsciente.
Cuando los demás me
exponían su infierno entre las mentiras que yo nunca me conté sobre
mis “malas” acciones me dí cuenta y corroboro hoy, después de
repasar a Freud, de que al ser dotado para reconocer y cargar con mis
propias faltas (y unas cuantas faltas ajenas de paso) me doté a mi
mismo de una capacidad un tanto peculiar de ser capaz de sostener
cualquier cosa de carácter inmoral o contradictorio respecto a los
valores que impregnan nuestra cultura y civilización que viniera de
otro.
No es difícil
comprender que Freud se sorprendiera, asombrara y diera una vuelta de
tuerca al pensamiento de una época debido a su propio acto fallido
en el funeral de su padre (en el que desmayó al darse cuenta de que
lamentaba no haber sido él el ejecutor de la muerte del mismo).
Repasando el “Yo y el
ello”, más allá de las teorías de las psiquis que elabora, uno
se puede deleitar en reconocer que su trabajo se centró en todo
aquello que era reprimido en sus pacientes como lo era, fue o seguía
siendo en si mismo.
Mi primer terapeuta por
elección personal me dijo, cuando empecé con mis propios clientes,
que no tocara la sombra con aquellos que fueran menores de treinta
años, hoy me digo que he vivido instalado en la sombra durante casi
toda mi vida y sigo vivo, y mi opinión es que en muchos casos la
clientela no tiene porqué ser protegida de si misma, proteger al
cliente de si mismo es hacer que se mantenga en el lugar que lo ha
traído hasta mí y a mí se me viene a ver para después irse.
De ahí quizá que las
personas más sufrientes me vinieran a desvelar entre mentiras y
medias verdades sus problemas y cargas de conciencia. Siento de
alguna forma, dejándome llegar (cosa que me ha costado sobremanera)
lo que me dice alguna gente, que en el fondo soy un pequeño punto de
luz rodeado de oscuridad. Lo más interesante de todo es que nunca lo
he buscado, sencillamente se ha dado y se me atraganta, en cierto
modo, el hecho de que un montón de colegas quieran magnificar,
contraponer e identificarse con la luz obviando su propia sombra.
Citando a Luís
Carvajal, que creo que a su vez citaba a otra persona:
“Si
la neurosis es una miopía la psicosis es una ceguera”
Así que en alusión al
párrafo anterior no se me ocurre una manera mejor de cegar a la
gente que irradiándola con un “yo” identificado con la luz.
La luz incide en los
cuerpos brindándoles una doble naturaleza lo que permanece a la luz
como claro y luminoso y lo que permanece fuera de ella como sombreado
y oscuro, es así como se realzan las formas y las figuras, es así
el lugar donde se dá la vida humana. Es la zona oscura y sombreada
la que permanece oculta y cuya negación y arrinconamiento comporta
tanto sufrimiento.
Un terapeuta del signo
que sea si no reconoce su imperfección difícilmente conseguirá que
su cliente se de permiso para ser imperfecto, es decir, humano, para
empezar.
Si alguien me pregunta
desde donde me gusta relacionarme con la gente puedo decir que las
relaciones más reales que he tenido son aquellas donde el otro ha
sentido la confianza y la libertad de relacionarse mental, emocional
e instintivamente desde si mismo y no desde su “yo”, uno de las
dificultades que me he encontrado en eso es que acaban permitiéndose
conmigo lo que debieran permitirse con el resto del mundo. Igual que
hoy día no se debería reservar la terapia para la gente enferma, lo
que se llega a dar en la consulta a nivel relacional no debería
quedarse limitado a ese espacio.
Fuera de terapia y dado
que una relación conmigo es de por si terapéutica, hecho con la que
estoy cortando, muchas veces he sido acusado de poner a alguien entre
la espada y la pared cuando era otra persona la que lo estaba
haciendo, e incluso se me ha acusado de instigar algo relacional
cuando era cosa de dos, o más, y yo tan solo era una parte
integrante. En dichos casos solo he podido tomar responsabilidad por
mi parte y, con dificultad, asumir que el otro era incapaz de acoger
en sí su porción de la misma. Lo triste que se desprende de esto
último es que al no tomar como propia su cuota de responsabilidad
difícilmente pueden asumir el espacio de libertad que la
responsabilidad les confiere.
Solo puedo seguir
confiando en la vida y en mis aciertos y errores como un aprendizaje
en un mundo que me mantiene entre el asombro y el aburrimiento, en un
lugar donde por una absurda casualidad la vida humana se ha dado y
nos ha encontrado a todos y a todas bajo el mismo sol repitiendo y
repitiendo... despertándonos de sueños y pesadillas una vez y otra.
Identificarme solo con
la luz,
identificarme solo con
la sombra.
Ambas parte de un todo,
en su origen nada.
Identificarme con todo,
identificarme con nada.
Sin luces no hay
sombra,
sin sombras no hay
forma.
Yo soy, opera en la
luz,
yo no soy, opera en la
sombra.
Me miro en el espejo,
soy luces y sombras.
Una amiga me dijo un
día “Tú eres un guerrero del corazón”, ante mi ignorancia e
incomprensión decidí buscar en internet y encontré dentro de un
resumen de un libro unas cuantas definiciones y referencias a dicho
término de las cuales solo pude identificarme con esta:
De acuerdo con la
tradición budista, un Guerrero es aquel que tiene el coraje de
conocerse a sí mismo (incluyendo el lado oscuro) y también
enfrentar sus propios miedos.
El resto de
definiciones me causaban cierto rechazo puesto que inflaban de alguna
forma u otra lo que desde mi punto de vista soy, en la actualidad, y
era, en aquel momento. Solo con saber que alguien opina de mi tal
cosa ya me hace darme cuenta de que estoy desde hace tiempo en un
camino que pocas personas que conozca están dispuestas a recorrer...
me viene a la cabeza el poema de Machado:
Caminante, son tus
huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay
camino,
y al volver la vista
atrás
se ve la senda que
nunca
se ha de volver a
pisar.
Caminante no hay camino
si no estelas en el
mar.
Desde esa conciencia
quizá tan solo me quepa asumir, humildemente, que mi función como
terapeuta sea la de acompañar, a quien lo solicite, en los tramos
más sombríos de su camino a fin de poder arrojar algo de luz sobre
ellos y seguramente, de paso, algo de luz sobre el mío propio.
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